Tráiler Homenaje a María Mercedes Cujó Blasco. Testimonios VDCJ


María Mercedes Cujó Blasco. Historia de su Vida


Testimonio de María Cristina Cujó Blasco. Homenaje a Mercedes Cujó Blasco


Testimonio Miguel Ángel Cujó Puig. Homenaje a Mercedes Cujó Blasco


Testimonio Rafael Saucedo del Campo. Homenaje a Mercedes Cujó Blasco.


Testimonio Teresa Mazzuchelli. Homenaje a Mercedes Cujó Blasco


Testimonio Margarita de Llano. Homenaje a Mercedes Cujó Blasco


Carta de Mercedes Cujó al Padre Ángel Mª Rojas

Buenos días, Padre:

¿Cómo está? ¡Qué ilusión leer su mensaje!

Efectivamente, la operación fue muy bien. Solo estuve ingresada un día en el hospital así que ya estoy en casa recuperándome. En unos días volveré al hospital para que me den resultados de la biopsia de los ganglios y para que me digan cuándo empiezo la radioterapia. ¡¡Muchas gracias!!

Le cuento brevemente la experiencia que tuve el día de la operación.

Comenzaré diciendo que el día anterior como normalmente hago, fui a misa, comulgué, me confesé y estuve delante del Santísimo Expuesto un rato. Era la primera vez que me operaban, pero tenía tanta paz que ni siquiera le daba vueltas al tema (esto para mí ya era sorprendente). Me levanté tranquila y fui al hospital. Me asignaron una habitación y me prepararon para ir al quirófano. Parecía un día como cualquier otro, lo vivía todo con normalidad y tampoco pensaba en nada en particular.

Me trasladaron en la cama hacía el quirófano. Me sorprendía que las personas que se cruzaban por el camino (médicos, enfermeras…) me dijeran que estuviera tranquila, que era normal estar nerviosa pero que no pasaba nada. Aunque agradecía todo el cariño y acompañamiento, como le digo, yo me encontraba fenomenal.

Llegamos a la sala de operaciones. Me dijeron: “Levántate y túmbate aquí”.  Me encomendé a Jesús y le ofrecí todo y en ese momento, empecé a vivir interiormente lo siguiente: La sala se había convertido en el monte Calvario (solo que mucho más acogedor, enfermeras cariñosas que me animaban), la mesa donde tenía que tumbarme tenía forma de cruz (solo que esponjosa y cómoda).  Me tumbo y en ese momento, alguien (no se si la anestesista, si otro médico, si una enfermera…) me dice: “Te voy a colocar una “diadema” en la frente y cabeza que te va a molestar un poco pero no te preocupes”. En ese instante vi la corona de espinas de Jesús clavada en su cabeza. En la mía en cambio, una diadema que apenas me molestaba. A continuación, me dijeron: “Estira el brazo para que te coloquemos la vía en la mano, te va a doler un poco, pero tranquila”. En ese momento, veía como Jesús estiraba su brazo para que le clavasen el clavo en la mano. A mí en cambio, me introdujeron suavemente la vía sin que pudiera casi sentirla. A continuación, me quitaron mi mascarilla y me acercaron sobre la boca y nariz lo que me dormiría completamente para no sentir nada.  Ahí vi fugazmente (porque ya empezaba a dormirme) cuando a Jesús le acercaban la esponja con vinagre cuando dijo “Tengo sed”.

Me desperté a las pocas horas con una fortaleza que, si no fuera por la recomendación de la doctora de pasar la noche, me habría ido a casa tranquilamente. Todo el dolor lo quería ofrecer. No quería ningún calmante. Todo el sufrimiento, la enfermedad, tenía sentido.

No sé si lo que experimenté fue un desequilibrio mental o algo meramente sugestivo pues soy una persona bastante sensible. Pero el caso es que pude ver claramente lo que significa vivir la cruz en Jesús al contemplar la crucifixión ahí mismo. El día de la operación lo vi claramente representado. Jesús ya ha asumido el sufrimiento de la Humanidad dándole un sentido. Y mi sufrimiento ofrecido se unía al suyo para salvar almas.  ¡Y no solo eso, sino que la Cruz es gozosa! (en el quirófano era esponjosa y todo) es llevadera! el ofrecer cada dolor a Jesús me atrevo a decir, que te lleva incluso a “sentir” físicamente menos el dolor o al menos te da una resistencia enorme para llevarlo. Todo se ajusta a lo que yo puedo soportar. Todo mi cáncer es llevado con una alegría que solo puede venir de Dios.  Lo mejor que podemos hacer en la vida es decirle que SI a Jesús. Él siempre nos ayuda a llevar el sufrimiento si acogemos su gracia.

Estoy agradecida por esta enfermedad, porque me ha permitido experimentar el amor del Corazón de Jesús de una manera indescriptible. Me emociona el solo hecho de saberme tan querida por Dios pese a lo pecadora que soy.

Espero que usted, pueda encontrarle algo bueno a este pequeño y breve testimonio.

Muchísimas gracias Padre, por rezar por mí. Se notan mucho las oraciones. Yo también le llevo en las mías cada día.